Mansí Gamarra
Mansí Gamarra: El hombre que encarnaba el mito del caudillo.
“En
esa época, quien detentaba el mando infundía miedo generando sumisión; sin
embargo, este hombre era temido por el propio poder…”
Cuando en aquel ruedo de poncho corá, el gallo
de riña aplicó la mortal estocada de espuelas e inesperadamente saltó el cerco
abandonando la arena de lucha; el juez de reyerta dio por terminada la
contienda declarando ganador al gallo fino que yacía inerte en el suelo: “Ganó el muerto” sentenció el enorme
arriero, y la concurrencia enmudeció.
Con el transcurrir de los años aquel veredicto
inapelable se convertiría en célebre frase y dicho popular, y aunque en su
momento el fallo resultó sorprendente para los apostadores, se destaca que
palabra de aquel hombre literalmente era la ley, al que nadie en su sano juicio
se atrevería a contradecir, al menos si tenía la intención de seguir con vida.
El temido y respetado señorío de Maximiniano
Gamarra constituyó sin dudas el prototipo y el ADN de la figura del caudillo en
todo el significado de la palabra, alguien con autoridad incluso sobre la vida
de las personas; la jurisdicción de su poder de facto no tenía límites
territoriales y abarcaba todo lugar en donde su sola aparición enrarecía la
atmósfera emocional de quienes respiraban en su presencia induciéndolos al miedo. Cuando
cabalgaba cadencioso en las calurosas siestas, ni siquiera las cigarras
desenroscaban sus chirridos evitando así irritar al hombre.
Podía tomar posesión de todo cuanto quisiera y
estuviera al alcance de la mano, su voluntad constituía un mandamiento
indiscutible; era el pedigree
padre jerarca de todo un clan, padrino de la numerosa prole de familias de la
región, compadre de los jefes de hogar, quienes con dicha forma de parentesco
buscaban el amparo de su poder, con la que tejía el enramado de su
liderazgo y dominio.
Era el que juzgaba los entredichos
surgidos en la gran zona compuesta por el partido o gran valle de Pirayú y del partido de Caraguatay
(actual Central, Cordillera y Paraguarí), y con su sabiduría de arandu ka’aty resolvía los conflictos
surgidos y que solicitaban su mediación.
Asumía las prerrogativas de juez, policía,
comandante militar y mandamás de ramos generales en toda la región; tal vez lo
poco que no demandaba su incumbencia eran las labores del médico o las del
sacerdote, cuyas tareas conllevan salvar vidas y almas; en sentido más o menos
similar, la faena de Gamarra más bien era la de enviar cada tanto al más allá a
uno que otro cristiano, y según sus propias palabras “solo tenía nueve aguaí”
Los aguaí hacen referencia a las víctimas mortales, las que según la
tradición eran registradas en los mangos de los puñales o yva pará, o relacionadas erróneamente con la cantidad de anillos
que tiene una serpiente de cascabel o mbói
chiní. De esa manera una persona, sin reconocerlo, asumía “tácitamente” la
cantidad de muertes de la que era responsable, pero que a efectos legales no
era incriminatorio.
Las nueve víctimas corresponden, según el propia Gamarra a
las “escasas” ocasiones que vio obligado a matar actuando en defensa propia, y
tras los cuales con un “simple parte” en la comisaría se libró de procesos
judiciales; tal como lo hiciera también el mismo Percio Becker, quien luego de
ser maltratado y herido en el portón de su domicilio, mató a un hombre que
previamente lo atacó con un puñal. En aquella ocasión, la propia esposa del
asesinado declaró a favor de Don Percio, cansado de la violencia y la adicción
al alcohol de su pareja.
Argumentar defensa propia requería un solo testigo, y en las
ocasiones en que ocurrieron asesinatos sin recurrir a esa figura, por temor a
las represalias no existieron testigos que pudieran identificar al autor.
El miedo es generado por el instinto de supervivencia, lo
que permitió que numerosos asesinatos quedaran impunes.
Dos metros de estatura, masa muscular que lo
hacía robusto, un blanco caballo era su inseparable compañía y en lo fabuloso de su legendaria destreza de jinete, se decía que el cuerpo
del noble animal era la extensión del suyo propio.
Puñal y revolver en la cintura, en la mano un látigo o guacha; amplio
sombrero, camisa y pantalón tipo bombachón de faena tropera, todo de riguroso
color azul; aquel morocho tesâ pará era para sus enemigos el terror en persona, admirado e idolatrado por sus
partidarios políticos, amado por las mujeres quienes suspiraban coqueteando con
el poder que irradiaba.
Era lo que todo hombre de la época pretendía
ser, una leyenda viva con fama de invencible de quien se decía
que las balas no lo perforaban, y que su piel
era impenetrable a los puntiagudos puñales, cuyas duras hojas se doblaban si se
pretendía acuchillarlo.
Portador del kurundu
al que nadie podía matar, un talismán único en su tipo que focalizaba
toda energía y generaba tanto poder, al punto de ser comparado con una
mini especie de lanza del destino o
lanza de Longino. Lo exagerado de esta comparación
lleva a reflexionar sobre la importancia que los hombres atribuyen a la
protección espiritual, al talismán que otorga superioridad y que tiene la
virtud de influir sobre otras personas, blindar a quien lo posee, doblegar la
voluntad de las mujeres, atraer el dinero, conceder poderes mágicos y por sobre
todo construir en torno de una persona la superstición de que el mismo es
invencible.
Todos los hombres y mujeres que detentan y ejercen el poder,
en secreto o públicamente ostentan sus amuletos, nuestro personaje no era la
excepción, con la salvedad de que posiblemente lo que llevaba consigo era el
verdadero padre de todos los escapularios, “el
puréte”.
Para intentar comprender el fenómeno
antropológico, psicopolítico y sociológico que conlleva la figura del caudillo en Paraguay,
hay que estudiar el ecosistema político que se vivió en aquella larga coyuntura
de anarquismo e inestabilidad que siguió a la Guerra Grande, pasó por la
Guerra del Chaco y terminó con la revolución del 47: Todos estos procesos
contribuyeron a amamantar el engendro del
espécimen de un líder de la autocracia pueblerina conocido como: Mansí Gamarra.
Contexto
histórico:
La era
liberal marcó su inicio en el año 1904 y se extendió hasta 1940,
periodo de tiempo en que diecinueve de los veintidós jefes de estado fueron de
ese signo político. Veintidós presidentes equivalen a igual cantidad de
periodos constitucionales, en ese entonces de cuatro años de duración, que
sumados deberían representar ochenta y ocho años de ejercicio del poder: Pero
la anarquía, los golpes y contragolpes la redujeron a treinta y seis años.
“Aguapymíta
sapy’aite, he’i Gondra”,
ñe’enga popular que literalmente reflejaba la radiografía política de ese
entonces, y hacía referencia a los dos cortos periodos de gobierno de Manuel
Gondra Pereira, quien accedió al poder vía elecciones, no pudiendo concluirlas
debido a los cuartelazos y conspiraciones.
Se iniciaba entonces una hegemonía que en sus
primeros años desató una feroz persecución no solo contra los tradicionales
rivales colorados, sino también contra propios liberales disidentes y hasta
periodistas extranjeros radicados en la capital, como Rafael Barret. Los medios críticos fueron clausurados, cientos de opositores,
entre ellos el Gral. Bernardino Caballero fueron al exilio, se decretó el
estado de sitio que prórroga tras prórroga se extendería hasta el año 1910 y
luego indefinidamente.
En 1908 se desbarata el poder judicial haciendo
inviable cualquier recurso de Hábeas Corpus, y en lo que constituye una paradójica contradicción,
un buque cuyo nombre era “Libertad” trasladaba a trescientos presos políticos
entre liberales y colorados en un viaje inaugural al primer campo de
concentración del mundo, el “Fortín
Galpón”, situado al norte de la hasta hoy inhóspita
Bahía Negra, a orillas del río verde.
Todo vestigio de la filosofía del ideal
democrático libertario liberal había sido pulverizado y radiado de la vida
política del país, el totalitarismo instalado para apuntalar la perpetuidad en
el poder de algún líder, por el contrario, generó un espiral de conspiraciones
armando y desarmando asonadas y golpes de estado, producto de las convulsiones
intestinas del partido liberal, que con
pocas excepciones sólo permitió que uno que otro presidente pudiera completar
su mandato.
En esa coyuntura aparece en la zona de Pedrozo -
Ypacaraí un tropero oriundo de la zona de Alberdi, Maximiniano Gamarra,
nacido aproximadamente en el año 1892, quien acompañando a su padre en la guía
de reses vacunas cruzaba por Paraguarí hasta llegar a Pirayú; desde ahí pasando
por Cerro León hasta Azcurra; se afincó finalmente en un establecimiento
ganadero situado en los límites de lo que antiguamente era la extensa propiedad de las
hermanas Pedrozo, cuyo apellido terminó constituyendo la denominación esa
compañía de la Antigua Tacuaral.
En aquel tiempo el trayecto de ingreso de
Pedrozo a Ypacaraí se realizaba por Azcurra, desde donde se seguía un
sendero que conducía a las cercanías de la cantera, y girando al norte se
avanzaba hacia el actual matadero municipal, para posteriormente llegar a la
ciudad.
Refiriéndose a las virtudes de visionario del
recién llegado, alguien, con mucho tino lo describió diciendo: “Kóa ko tipo ohetũ
mombyry, amalicia yryvu pico hí abogado”
En efecto, transcurría el año 1916 cuando el
entonces Diputado José P. Guggiari fue nombrado Asesor Jurídico de la “Junta
Administrativa Comunal de Ypacaraí”, nomenclatura que en la actualidad
corresponde a la figura institucional de la Intendencia Municipal. En ese
entonces ejercía la Presidencia de la Junta Don Augusto Martínez, por supuesto
de extracción política Liberal.
Mansí Gamarra tomó contacto con el asesor
jurídico que tal vez ejercía el
cargo de manera honoraria, para reforzar la institución Liberal en el
pueblo del “financiador” de todas las revueltas coloradas, Don Percio Bécker ”.
Como tropero debía negociar el
canon a pagar por el transporte de ganado a pie. Lo cierto es que con el paso
del tiempo se hicieron amigos, luego compadres y cuando José P. Guggiari se
convirtió en presidente de la república en el año 1928 hasta 1932, la figura de
su compadre pasó a convertirse en la de un caudillo amparado por el poder que
surgía del propio palacio de López.
Mansí se
convirtió en hombre
de confianza absoluta de José P., y como tal lo acompañó en la sede de gobierno
durante los álgidos momentos de tensión generadas como consecuencia de la
asamblea de jóvenes del Colegio Nacional de la Capital, quienes el 20 de octubre de
1931 resolvieron salir a las calles a exigir
la defensa del Chaco, y tres días después terminaron masacrados en los
jardines del palacio.
Gamarra fue testigo de cómo el poder podía absolver la
responsabilidad de once jóvenes ejecutados y casi 40 heridos, vivió los
momentos en que el parlamento declaró inocente a su compadre, quien sin cargos
en su contra reasumió la presidencia.
En ese instante comprendió que el poder lo puede todo y que
para detentarlo también vale todo, la única regla es que no hay reglas.
Cuando en el año 1932 inevitablemente estalló la
Guerra del Chaco, en compañía de otros vecinos de la zona de Pedrozo, entre
quienes se puede nombrar a Don José Oviedo, Don Julián Robles, Don Alejo
Chávez, Don Juan Ignacio Gauto, Don Maximiniano Torres, entre otros, se puso
bajo bandera alistándose al llamado de la patria.
Maximiniano o Maximiliano?
Existe cierta controversia sobre el nombre
correcto del patriarca liberal de Pedrozo, incluso en la pronunciación del apócope, que algunos lo
hablaban acentuando la tercera vocal “Manshí o Manchí”.
Ante esta duda es importante
señalar el hecho de que el mismo es mencionado oficialmente en las actas de la
Junta Administrativa Comunal de Ypacaraí como “Maximiliano Gamarra”, en la que
consta que en el año 1935 es nombrado “Encargado
de la obra de construcción de terraplenes y puentes de madera”, realizado
por el Regimiento de Zapadores
Bolivianos, prisioneros de la Guerra del Chaco.
Ypacaraí y la referida compañía estaban muy
aisladas una de otra; donde hoy comprende parte de la céntrica plaza
(frente a la Imprenta Yamil) había una laguna que junto con otras en una
conjunción por tramos constituía la característica del terreno, abarcando hasta
los grandes camalotales frente al cementerio, desde ahí hasta el actual desvío
a San Bernardino las aguas de los arroyos anegaban el terreno conformando un
inmenso esteral.
El ramal bajo la tutela de Mansí comprendía
desde el actual desvío a San Bernardino hasta el Tape Tuja – Cerro Caacupé; el
mismo era la continuidad del tramo que partía desde la estación del ferrocarril
y se inició en el año 1933, en su extensión pasaba por lo que ahora es el
centro de la plaza con dirección a la Avda. Carlos A. López, el callejón frente
al cementerio y de ahí hasta el Cerro Caacupé.
Los prisioneros encargados de romper el cerro y
construir el Tape Tuja fueron alojados en una barraca situada en el km 47,
lugar en donde pernoctaban encadenados y hacinados,
Muchos murieron de sed, enfermedades causadas
por la mala alimentación, la exposición al clima, la fatiga extrema y por
supuesto los maltratos. El lugar en donde fueron confinados en el km 47
constituye hasta la actualidad un sitio terrorífico en la zona, componiendo parte
de los fenómenos paranormales que se extiende a todo el trayecto de la
tristemente célebre “ruta de la muerte”.
Si bien el armisticio entre Paraguay y Bolivia
se estableció en el año 1935, no fue hasta el 21 de enero de 1936 cuando se
firmó el protocolo de repatriación de prisioneros, acuerdo mantenido en
suspenso tras la revolución del 17 de febrero de ese mismo año, encabezado por
el Cnel. Rafael Franco y que duró hasta 1937.
La guerra había terminado, pero el sufrimiento
no y las heridas seguían abiertas, Mansí era excombatiente de la Guerra del
Chaco, lugar en donde se encontró cara a cara con el horror, vivió las sufridas
penurias de una contienda que en realidad fue una carnicería humana.
Por tanto, en Pedrozo no existió piedad para con
quienes él consideraba enemigos, y de hecho el caudillo no encarnaba el ejemplo
de la virtud de la clemencia, no tuvo contemplación y terminó cargando sobre su
conciencia la responsabilidad del atroz sufrimiento infringido a los soldados
bolivianos, en su mayoría Aimaras – Afrodescendientes.
Al respecto, un “médico indígena” de Tobatí al que Gamarra frecuentaba, dijo una
vez que la muerte había arrojado su manto de luto a los pies de aquel cerro
cargado con la negativa energía de los cautivos, y que para protegerse contra
una maldición debía llevar consigo una eficaz defensa contra vivos y muertos:
Un amuleto del que nunca debía despegarse.
Gamarra tenía además sus propios “aguaí”, recreaba en su
mente como aquellos once jóvenes fueron ametrallados en los jardines del
palacio de gobierno, y ni siquiera tenía contabilizado a cuantos enemigos cegó
la vida durante la guerra del Chaco en donde fue soldado.
Desconocer la cantidad de muertes causadas aliviaba el peso
de su conciencia y a la vez creaba un espacio en donde se podía cargar con
otras.
Mientras exhalaba humo de tabaco como parte del
ritual, el paje indigena predijo el
futuro visualizando en su trance a la mismísima desgracia, quien clavaba una
cruz a cada paso en aquel trayecto de peregrinaje a la Villa Serrana.
“E hendúke che ñe’ê, nde kurundúgui nde resaráirõ , nueve día riré o pararãta cuchara”.
La advertencia en guaraní hacía referencia a la
tradición de rezar la novena luego del sepelio, a cuyo final se sirve
un karu guasu. Y que, si olvidaba usar el escapulario, el difunto sería él.
Mansí aceptó el trato y el brujo indígena
elaboró un escapulario consagrado en una madrugada de viernes santo a las 03:00 como hora inversa a la
crucifixión de Jesús, y contenía una mezcla de
elementos mágicos como: el dedo de un
angelito, hostia, tupá ñandy, kurusu ygâu, tupaó campana de bronce ku’í, que
mezclados fueron introducidos en un casquillo de bala de fusil, mientras
invocaba a ancestrales entidades.
Además de este escapulario que le servía de
kurundu, indicó a Gamarra el lugar donde debía conseguir algo llamado “La carta celeste”, misterioso documento
esotérico que brinda poder y protección a quien lo lee y lo lleva consigo,
y que para el efecto el mismo debe estar firmado usando como tinta la propia
sangre del portador.
Desde ese día vivió protegido del karma de los
prisioneros bolivianos y personas con las que se había enfrentado en mortales desenlaces y cuyas almas en pena dejaron de merodear su rancho; además
podía ver y esquivar las balas disparadas contra él, los cuchillos se doblaban
como goma si alguien quería apuñalarlo, era un imán para atraer mujeres. Pero
la madre de los escapularios tenía un “talón de Aquiles”, un punto débil que
radicaba en la memoria de su portador, por tanto, nunca debía despojarse de
él.
Tiempo después, tras de la culminación del
terraplenado, Mansí Gamarra acostumbraba a ingresar a caballo a Ypacaraí por el
callejón frente al cementerio, y dirigirse al antiguo mercado situado en las cercanías de lo que hoy
es la oficina de correos, lugar en donde funcionó hasta el año 1940.
Allí, montado en su blanco corcel hacia partir
las sandias y las que estaban maduras y eran de color rojo las hacia arrojar a
los chanchos, que abundaban en la zona atraídos por el agua y lodo de la
laguna, además del olor de los alimentos expuestos en la feria.
Mansí comía pequeños bocados de las sandías a
medio madurar, amarillentas y desprovistas de cualquier color que por asomo
llegara a ser “colorado”. Esta aptitud, antes que demostrar preferencia por el
sabor de sandías inmaduras, era más bien desafiante, una manera de hostigar en
las cercanías de la estación del ferrocarril, a pocos metros del próspero local
comercial “Bécker Hnos”, de gran influencia política y económica.
Precisamente, dada las reiteradas incursiones a
Ypacaraí por parte del Liberal y por la peligrosidad de la reputación que le
precedía, Don Percio Becker, caudillo de respetada trayectoria republicana,
dispuso que un hombre de su máxima confianza, Don Rogelio Benítez, montara
guardia permanente en un caserón ubicado en la diagonal que hoy ocupa una
estación de servicios, frente a la ex propiedad de Nicolás Leoz, en donde tenía
la misión de centinela.
En una ocasión, el incesante ladrido de toda la
jauría de perros que tenía Don Rogelio, delataba que la terrible amenaza
llamada Mansí ingresaba cabalgando por el callejón; al llegar frente al caserón
fue “alteado” por Benítez
para interrogarlo sobre su destino.
Esta interpelación fue como una declaración de
guerra para el enorme caudillo liberal, quien descendió de su caballo, enrollo
su poncho en uno de sus brazos y con la otra mano desenfundó su enorme puñal
desafiando a duelo al no menos pequeño de estatura Rogelio Benítez.
Los contendores demostraron resistencia física y
agilidad, además de coraje y determinación; de cuclillas desde el suelo se
lanzaban contra el otro semejando a una serpiente que, parapetada y agazapada
en posición de impulso, extendía peligrosamente su anatomía en un letal
desenrosque.
El poncho
chará liado en el brazo servía de improvisado broquel para detener de refilón las
arremetidas de cuchillos e impedir el corte de arterias, tendones o piel, que
provocarían desangramiento y la debilitación del oponente.
Tras más de una hora de frustrados lances de
estoques, pactaron dar por terminado el duelo, manifestando ambos un respeto
mutuo y quedando como “compadres” de manera simbólica.
Tal vez esta relación de compadrazgo honorífico
sirvió para que se estipulara un tácito armisticio y recíproco respeto entre Mansí Gamarra, Don
Percio y Don Silvio Bécker; pues no se cuenta con registros históricos ni
relatos que mencionen abiertos enfrentamientos personales que los involucren.
Incluso existe una anécdota que menciona intercambios de
favores entre ambos caudillos, y relata que en el año 1931 un joven de apellido
Franco, hijo de un referente liberal residente en la capital, llegó a Ypacaraí
y luego de enamorar a la hija de Don Precio, escapó con la doncella, quien
reapareció en el hogar materno unos días después.
El fugaz ñemokañy y
su consabida pasión dejó embarazada a la joven de veintidós años y como pájaro que comió voló, el joven no dio
la cara para hacerse responsable.
Como el hijo de aquel exponente liberal hizo caso omiso a
las invitaciones de la familia de la joven para dialogar sobre el asunto, el
caudillo colorado solicitó a liberal de Pedrozo su intermediación, ya que era
correligionario del padre de aquel joven.
Una tarde, tres hombres llegaron al barrio asunceno en donde
imponente se erguía una casona de estilo colonial, el dueño de casa reconoció
de inmediato al compadre del presidente de la república y los invitó a pasar,
extrañado por la presencia de aquel hombre en su casa.
Sin muchos rodeos Mansí abordó el motivo de su visita
señalando al joven que tenía asuntos pendientes en Ypacaraí y que debía hacerse
cargo de ello.
El joven Franco se rehusó tajantemente diciendo que aquello
fue un descuido y que no podía comprometer su futuro que incluía estudios en
Europa.
Ante la negativa, Mansí extrajo su revólver calibre 38 y lo
puso sobre la mesa diciendo: “Don Percio
me pidió un favor y no puedo volver a Ypacaraí llevando un NO como respuesta”.
En ese mismo instante, sin dejar de mirar el revólver sobre
la mesa, el padre le susurró al oído a su hijo: “A quien no se le puede decir no es a Mansí, o te tomamos las medidas para el traje de bodas, o tomamos tus medidas para el ataúd”.
Una semana después los jóvenesse acasaron ante el altar y los novios fueron
felices y comieron perdices…
Pero al margen de este suceso, ni siquiera el fragor de la revolución del ’47 llegó
a enfrentar a ambos caudillos. Eran
actores políticos de primera línea, lo que no descarta que pudieran haber
encargado a otros medidas y acciones contra sus enemigos, lo más común en ese
tiempo.
Con relación a este punto y como hecho curioso de la revolución del 47, cuando las fuerzas liberales y
febreristas provenientes de Concepción ingresaron a Ypacaraí, en su paso
querían dar con el paradero de Pastor Gamarra, al que pretendían fusilar por
ser hijo primogénito del caudillo liberal. Las causas y/o motivos de esta
intención son desconocidas, de hecho, no existen registros ni relatos de la
participación de Gamarra en la conflagración interna, pudiendo incluso ser esto
último, la razón por la que querían dar con su hijo.
Gamarra en su arandu ka’aty analizó la revolución y no vio
la conveniencia de involucrarse en él, habían pasado 8 años de la caída del
partido liberal, el partido colorado estaba fortaleciéndose y no se sentía
representado políticamente por los
militares azules, menos aún con la alianza entre febreristas y comunistas.
Gamarra era un hombre práctico, como caudillo era consciente
de que todo cuerpo con más de una cabeza no podría subsistir mucho tiempo, y
con tres cabezas era imposible.
Cuando las fuerzas llegaron a la ex estación Tacuaral,
asaltaron el almacén Becker Hnos. y Pastor Gamarra
encontró seguro refugio en una propiedad de Don Silvio Becker, escondiéndose en
un depósito de tabaco, lo mismo hicieron algunas mujeres, quienes días
después abandonaron el sitio luego de salvarse de ser
violadas.
Se menciona que tres días después del ingreso de “las
fuerzas” a Ypacaraí, Don Felipe Mussi, con una bandera Siria y realizando
disparos al aire, rescató a algunas mujeres de las verdaderas hordas del
vejamen.
Durante la revolución no primaron la disciplina
ni los códigos de guerra de baja intensidad; además de los fuertes internismos
partidarios en todos los sectores, los milicianos actuaron influenciados por
décadas de violencia y revanchismo, matando a otro compatriota por el hecho de
ser colorado, febrerista, liberal, o comunista; se mataban incluso entre
liberales o entre colorados por el pillaje, en algunos casos para violar
primero a una mujer o por cualquier otro motivo.
La revolución del ‘47 causó la
muerte de treinta y seis mil paraguayos (36.000), otros miles de desaparecidos
y cientos exiliados; en solo cinco meses, del
7 de marzo al 20 de agosto, murieron más paraguayos que en la Guerra del
Chaco cuya duración fue de tres años; demostrando en una triste estadística,
que bajo la influencia del caudillismo, el fanatismo y el odio político, los
paraguayos somos tan sanguinarios al punto de matarnos entre nosotros ondeando
un trapo de color, en nombre de un supuesto ideal que la mayoría desconoce, o
siendo “leal” a alguien por acomodo,
conveniencia o simplemente por poseer la genética del “tembiguai”.
Retomando la referencia al mayor Rogelio
Benítez, el mismo llegó a ser Delegado de Gobierno del Guairá y Jefe de
Policía; el 7 de marzo de 1947 durante el asalto a lo que hoy es la
comandancia, al grito de “Viva el Partido Revolucionario Febrerista”, Benigno
Perrotta disparaba una ráfaga de metralla que impactó en el brazo izquierdo de
Benítez, perdiendo luego dicho miembro superior.
La adversidad perseguía a este hombre, años
atrás, él mismo sufrió la terrible desgracia de la muerte de dos de sus hijos
pequeños, quienes cayeron en una caldera ardiente en donde se preparaba dulce
de guayaba. Los restos de ambos niños descansan en el cementerio de Ypacaraí.
Rogelio Benítez fue fiel servidor de Don Percio
Becker a quien decía “Che urú y/o Taitá”,
y al que fue tan leal que incluso acompañó en la muerte, pues ambos fallecieron
el mismo día.
La traición y la lealtad son antivalores y virtudes contenidas en un mismo código genético genealógico, años después, en la década de los ’80 bajo el régimen stronista, otro hijo de Rogelio llamado Francisco Solano, sería junto a Saúl González, uno de los interventores de la seccional colorada de Ypacaraí, que justamente lleva el nombre del “Urú” de su padre.
Circunstancias de la
vida y de la historia en donde lo digno y lo indigno se vuelven a encontrar a
través de la sangre; situación que se repite hasta nuestros tiempos.
Volviendo a nuestro relato principal y
remontados al tiempo en que desde Alberdi llegó a Pedrozo, es importante
señalar que Mansí Gamarra se afincó en la zona como capataz general de la
cabaña El Rancho, propiedad de Don
Andrés Nogués, terreno que actualmente es sede del templo de los Heraldos.
Como Mansí Gamarra era de la confianza de Andrés
Nogués, y dado que su condición de caudillo,
era una garantía para que su
establecimiento y su ganado no fueran víctima de abigeatos, el patrón obsequió
a su capataz la propiedad ubicada frente a la suya, lado Pedrozo en el km 44 en
donde Mansí construyó la casa “culata
jovái”, a la sombra del frondoso árbol de yva po’ô que se mantiene erguido hasta ahora.
Luego de ser nombrado encargado de las obras de
construcción del terraplenado y del Tape Tuja, los prisioneros bolivianos
cavaron un pozo frente a su domicilio, único a la vera del camino y al que los
viajeros acudían a beber, luego de descansar y surtirse de la cantina que
también funcionaba en el lugar.
El rancho de adobe y techo de paja servía
de harén en donde convivía con sus siete concubinas, quienes tenían
terminantemente prohibido discutir o pelear entre ellas y a las que en
diferentes noches destinaba su atención como un verdadero macho alfa lomo
plateado.
En la casa también vivían las criadas que eran
entregadas a su cuidado por familias de correligionarios para que pudieran
aprender oficios de peluquería o corte y confección “Sistema Teniente”.
Algunas de estas señoritas, por no decir todas,
también fueron amantes del irresistible líder político, quien con la sola
mirada o exhalando feromonas enamoraba perdidamente a las mujeres, motivo por
el cual se decía “Kurijúicha, ipytúpe o
mbo kanguypa la kuñanguérape”.
El imaginario popular atribuía al dueño de casa
la costumbre de dejar su poncho azul sobre el lecho de una de las señoritas, o
no bendecirlas en el diario y tempranero tupanói,
lo que constituía un santo y seña de que esa noche sería “la elegida de alcoba”.
Frente a su domicilio, al costado del
terraplenado había un cartel señalizador que decía “Parada Obligatoria”, allí los transeúntes montados a caballo,
carretas y los pocos vehículos que circulaban debían detenerse e informar sobre
su cargamento o destino.
Las reses que eran transportados reportaban
mucha ganancia pues se debía abonar cinco pesos por cabeza; las carretas,
vehículos y viajeros también abonaban un tipo de peaje personal impuesto por el
“Comisario de Compañía”, un cargo que
no tenía rango institucional, pero que constituía un factor de poder real por
su condición de caudillo político y jefe natural de la zona.
Autoproclamado dueño del trayecto del Tape Tuja,
Mansí acostumbraba a interrogar sobre su filiación política a los pasajeros y/o
conductores de vehículos que iban camino a Caacupé a visitar a la virgen; los
que declaraban ser liberales continuaban camino, los que decían ser colorados
eran retenidos, maltratados, y luego obligados a volver al lugar desde donde
partieron.
Aproximadamente en el año 1939, durante la
festividad Mariana, detuvo un vehículo que en la parte trasera trasladaba a una
pareja compuesta por un teniente y su joven novia de origen Itaugueña;
interrogado sobre su filiación política el rubio joven dijo ser militar (aunque
estaba vestido de civil) y que no tenía afiliación política. Mansí se burló del
joven llamándolo equilibrista “py’a gallo
ra’y”, y ordenó al chofer del vehículo maniobrar y volver de
inmediato.
El chofer dudó de la orden de un desconocido
vestido de tropero y en ese instante recibió el azote con guacha que
literalmente le rompió la cara ante el horror de la dama que presenció
semejante acto de brutalidad.
La humillación sufrida por el militar frente a
su novia tendría sus consecuencias años más tarde, pero en ese entonces no
tuvieron de otra que volver a Itauguá, de donde la joven llamada Ligia era
oriunda, y de quien el teniente se despidió con la frustración a cuestas,
volviendo a su unidad en el Comando de Artillería.
Mansí Gamarra acostumbraba a realizar fiestas en
su domicilio en donde todo redituaba en su beneficio, el dinero de las
entradas, la venta de bebidas, venta de comidas típicas, porcentaje de apuestas
en los juegos de azar, etc.
Era obligatorio entregar las armas, corto
punzantes y de fuego que se depositaban en la cantina, bajo resguardo del dueño
de casa.
Este personaje histórico cuya vida alguna vez se
relató en radionovelas era un arandu
ka’aty muy hábil y astuto, además corajudo y muy determinado.
También era conocido como “fiesta mbua’i’ha”, pues si algún acontecimiento era organizado sin
su permiso, acudía en personalmente a suspenderlo de inmediato; incluso si
participaba de alguna celebración y la música no era de su agrado, ordenaba
detener la ejecución, a la que debía seguir la interpretación de la polka 18 de
octubre para elevar los ánimos del comisario de compañía.
No fueron pocas las veces en que Mansí Gamarra
se enfrentó cara a cara con la muerte, trasladando ganado, en repetidas
ocasiones fue blanco frustrado de abigeos que parapetados en árboles o pequeñas
colinas lo emboscaron con el “guazu apí”,
que tenía como objetivo eliminar al
caporal para luego robarle las reses.
Ningún tirador podría centrar en la mira del
rifle o fusil la humanidad del caudillo, la vista se les nublaba, y al disparar
a bulto las balas esquivaban al tropero y si algunas lo atinaban, era después
de perder extrañamente fuerza y terminar rebotando de su cuerpo para caer al
suelo convertido en humeante plomo semi derretido.
Pero no fue hasta que en una riña de gallos
realizada en Caraguatay (antigua denominación del departamento de Cordillera),
cuando su fama de invencible llegó a la cima ante la vista de propios y
extraños.
En el fragor de las contiendas y apuestas con
alcohol y desafíos de por medio, surgió un entredicho entre el Pedrozeño y unos
arrieros llegados desde algún lugar de Caraguatay; la disputa fue por alguna
situación poco importante, pero subió de tono por la elevada cantidad de
bebidas ingeridas por aquellos hombres, que envalentonados por la superioridad
numérica quisieron hacer prevalecer su voluntad.
Mansí, como era su estilo, “se resolvió” de inmediato y sin más desafió a los extraños a
demostrar si eran tan valientes como fanfarroneaban ser.
Montando rápidamente su caballo se abalanzó
sobre uno de ellos atropellando con el pecho del animal y tumbando al arriero,
los demás no se dejaron estar y apuntando sus armas dispararon una y otra vez
contra el jinete que, contorneando como serpiente a su corcel, esquivaba las
balas mientras contaba las detonaciones de las mismas hasta concluir que habían
percutido todos los cartuchos del tambor de sus respectivos revólveres.
Acto seguido, luego de encabritar elegantemente
a su caballo, desenfundó su cuchillo y espoleó las costillas del animal, dando
caza a sus contendores, a quienes, como feroz depredador, uno a uno apuñaló con
destreza de centauro.
La concurrencia quedó atónita y boquiabierta
luego de presenciar como Mansí esquivó las balas de tres tiradores y les dio
muerte desde su montura, sin desenfundar su revólver y haciendo hábil uso del
filoso puñal.
Aquella escena fue apocalíptica, era como si el
mismísimo quinto jinete bajara a la tierra y persiguiera a los desgraciados
hombres que gritaban desesperados pidiendo socorro sin ninguna posibilidad de
escape.
Mansí demostró ser en sí mismo un arma letal,
descendió del caballo y limpió la ensangrentada hoja de su puñal con la camisa
del hombre que había iniciado la discusión, y luego extrajo su kurundu al que besó tras pronunciar unas
palabras inaudibles a los presentes.
Esa noche Mansí volvió a Pedrozo en donde siguió
la fiesta, pasó de ser caudillo para convertirse en un semi dios inmortal, las
mujeres se derretían ante su presencia y los hombres vitoreaban su nombre,
mientras gastaban todo su dinero en la cantina, llevando la fiesta hasta el
amanecer.
Al otro día convocó a su domicilio al comisario, quien luego
de encuadrarse ante el caudillo recibió el parte de que lo acontecido en la
riña de gallos fue en defensa propia y el caso fue cerrado de inmediato.
La fama del hombre a quien las balas no podían
perforar se extendió por todo el país, su labor de tropero tuvo mucho éxito
pues los hacendados lo contrataban porque no había abigeo que se animara a
robar su tropa de reses vacunas.
Cuando salía a guiar, ciudad por ciudad, posada
por posada cada noche dormía con una mujer distinta, lo que le llevó a
reconocer con su apellido a noventa y seis (96) hijos e hijas, procreando tal vez igual o mayor cantidad
de descendientes a los que no llegó a reconocer; calculándose que entre
reconocidos y no reconocidos tuvo doscientos hijos a nivel país, convirtiendo
al apellido y la sangre Gamarra en un clan muy numeroso. (Superando
ampliamente al Gral. Bernardino Caballero que tenía 37 hijos reconocidos)
Algunos años después acostumbraba a aconsejar a
sus hijos en broma y en serio: Pehótarô
pe farrea mombyry, peñatendéke ani pembohyeguasu pene hermana. (Si van a ir de fiesta lejos de casa, tengan
cuidado de no embarazar a alguna hermana), posibilidad no descabellada teniendo
en cuenta que varias hijas no fueron reconocidas.
De los posibles doscientos hijos entre legítimos
y naturales, su primogénito fue Don Pastor Gamarra, quien se afincó en Guazú
Vira, hoy Cerrito, donde sembró raíces familiares.
Por tratarse de su primer hijo, fue el mismísimo
Mansí el
encargado de organizar la boda con Luisa Benítez, cuya mano fue a solicitar
personalmente y dispuso, para variar, que la misma jure amor eterno ante el
altar ataviada con un vestido de novia de color azul.
El cortejo fue digno de un cuento de hadas, la
novia montada en un caballo blanco que contrastaba con el traje azul, el novio
sobre un corcel azabache, mientras detrás cabalgaban los padrinos teniendo
cuidado de no pisar la cola del vestido de la novia que era tan larga como la
procesión.
El estruendo de bombas anunciaba la proximidad
de la caravana nupcial y a la salida de la iglesia, de nuevo se escuchó la
incesante explosión que retumbó en los cerros, cuyo eco llegó a todo el valle
en una noche de ensueño en donde los novios, siguiendo una antigua tradición,
cenaron un menú realizado con pechos de palomas silvestres (Pykasu).
Mansí Gamarra, además de mantener relación con
una legión de mujeres, se casó con Emiliana Pérez, con quien tuvo dos hijos:
Helena y José Patricio, este último nombre en homenaje a su compadre Presidente
de la República José P. Guggiari.
Era como quien dice, un hombre de pocas pulgas,
todo tenía que realizarse según sus reglas, pero aun con su fama de irascible a
cuestas y por todos conocido, lo que más le irritaba era visualizar el color
rojo – colorado.
En ese sentido, uno de sus tantos hijos, Eusebio
Gamarra, tras concubinarse fue a vivir a los límites de Hugua Hú y San Vicente
en donde se dedicaba al rubro de la carbonería. Terminada la producción en los
hornos, tocaba transportarlos a carreta con destino a Guazú Virá, en un
accidentado itinerario que recorría montado sobre su carga de bolsas de carbón.
En el trayecto,
al aproximarse a una curva que impedía visualizar a
distancia el camino, se encontró sorpresivamente con su padre quien iba montado
sobre su blanco caballo.
Respetuosamente y como corresponde, Eusebio
Gamarra tiró de las riendas de las yuntas de bueyes y bajó a saludar a su padre
con el acostumbrado “tupanói”.
Luego de sacarse la boina colorada que, llevada,
se paró frente a su progenitor juntando palmas de las manos pidiendo bendición,
momento en que recibió los azotes de guacha que lo tumbaron al suelo; al
levantarse sorprendido y por supuesto adolorido, preguntó a su padre el porqué
del azote, la respuesta fue: “Pe trapo
ky’a, ñemo’â jagua rembo e reko haguére ne akâre”.
En su faceta de líder benefactor comunitario,
junto a José Oviedo, Julián Robles, Maximiano Torres, entre otros, construyeron
las primeras aulas de lo que hoy es la Escuela y Colegio Rosa C. Ventre; para
el efecto transportaban en carretas los materiales desde una antigua
construcción desmantelada en Azcurra, edificando las paredes con ladrillos y
adobe en el terreno cedido por don José Oviedo. (Tal vez el único colorado a
quien Gamarra apreciaba y respetaba con sinceridad afectiva)
Otra de las anécdotas relata que apenas llegaron
de la guerra del chaco, en algunas pausas en sus labores como capataz de la
cabaña El Rancho y su rol de encargado de obras del terraplenado, los amigos se
reunían en el predio de la señora Míguela Colmán, donde disputaban unos
partiditos de fútbol con una pelota de trapo, ante la ausencia de un balón de
cuero reglamentario.
Mansí Gamarra era el “capitán de cuadro, el réferi y goleador” al mismo tiempo, como las
armas en la cintura resultaban incómodas durante la disputa de los encuentros,
un raudo joven de su absoluta confianza corría a los lados de la cancha (como
un juez de línea) cargando el revólver y puñal para que el caudillo los
tuviera siempre a mano. Si por alguna razón aquel joven se distraía y se
alejaba del capitán de cuadro; kavaju o
perdé akuéicha o jehova peté. Por la misma razón su equipo siempre ganaba con
la mayoría de sus goles, pues los arqueros rivales no querían ponerlo
“nervioso” deteniendo sus remates.
En una ocasión y a manera de fomentar la
confraternidad, el equipo de fútbol compuesto por amigos recibió una invitación
desde la compañía Guazú Virá, donde se iba a disputar un encuentro deportivo.
Más que interesados en participar del torneo, la
idea de Mansí era aprovechar aquella disputa deportiva para hacerse con un
balón reglamentario que el equipo de Guazú Virá tenía, y era muy escaso en la época.
Idearon un plan en el que Mansí debía hacer un
“pase” a José Oviedo (retacón y que pateaba con mucha fuerza), y este debía
“chutar” la pelota hacia los montes que rodeaban la canchita, en donde otro
confabulado debía estar atento para cazar al vuelo el balón, introducirlo en
una bolsa y huir rápidamente del lugar con dirección a Pedrozo.
Los integrantes de ambos equipos se pasaron
horas buscando el balón en donde Mansí y Oviedo simulaban ser los que más
empeño ponían, mientras reían en sus adentros por aquella hazaña, que sin
dimensionar terminaría en la fundación de un club de fútbol vigente hasta
nuestros días.
Ya entrada la noche por fin desistieron de
buscar la pelota perdida; y algunos supersticiosos incluso culparon al Pombero de haber robado el balón de
fútbol, posibilidad admitida por Gamarra.
Al otro día Mansí, el nuevo “pelota jara”, convoca una reunión en donde hablaba de su idea de
formar oficialmente un club de fútbol, y que lo primero que debía decidirse
eran los colores de la casaca; Don José Oviedo propone que sea blanco y rojo,
descartado por el caudillo, quien agitando la cabeza dejaba claro que eso sería
sobre su cadáver.
Una mezcla de blanco con verde sería una
propuesta aceptable para José Oviedo, pero de manera tajante como era su
estilo, la alta autoridad (literal porque medía más de dos metros) dijo que el
azul era un “lindo color”, indicando que debía mezclarse con el blanco,
quedando diseñado de manera inapelable los vivos de la casaca.
José Oviedo, único colorado que podía opinar
frente al caudillo perdió en todas sus mociones, obviamente el resto de la
concurrencia se limitaba a aceptar lo que Gamarra decía, y cuando el colo’o
dijo que se necesita un estatuto, todos enmudecieron.
Luego de un prolongado silencio por fin alguien
se animó a preguntar; ¿Mba’e piko he’ise la estatuto?, a lo que
Mansí respondió: “Estatuto he’ise que la
che ha’éa la ovaléa, che ápe la estatuto”
Por último, solo faltaba definir el nombre del
club, Don Maximiniano Torres, propietario de la escultura de San Roque
consideró propicio que el club lleve como nombre la fecha de celebración del
santo patrono, cuya imagen continua hasta
ahora en la capilla, moción aceptada sin oposición, aunque queda la duda si
tal denominación fue del agrado de Mansí
por su devoción al santo, o porque “casualmente”, la
fecha también correspondía al de su cumpleaños.
Con una cancha cuyos arcos en principio estaban
situados en dirección cardinal este – oeste, se conformó oficialmente el Club 16 de agosto en el año 1936, equipo
que practicaba con un balón de cuero y medidas reglamentarias, mientras
los despojados deportistas de Guazú Virá lo hacían refunfuñando resignados y de
mala gana con una deforme pelota de trapo.
Ellos sabían la identidad de quienes se habían
apoderado de su balón, pero nadie en su sano juicio se animaría a ir a Pedrozo
a reclamar la propiedad del esférico; de hecho, podrían hacerlo, pero no era seguro volver sin agujeros
en la piel o marcas de latigazos en la espalda, entonces prudentemente
decidieron callar y olvidar el incidente.
En la mañana del sábado 7 de septiembre de 1940,
desde el telégrafo ubicado en la estación del ferrocarril de Ypacaraí, partía
presuroso a caballo un mensajero que llevaba un luctuoso aviso a Mansí.
El cable mencionaba que el presidente de la
república había sufrido un accidente de avión y que según el informe había
caído en alguna zona de la cordillera, inmediatamente Mansí montó a caballo y
organizó una expedición enviando emisarios a distintos lugares en busca de
pistas sobre el siniestro.
Fue en la zona de Altos en donde finalmente
encontraron los restos del avión que contenía los inertes cuerpos del mariscal
José Félix Estigarribia, Julia Miranda Cueto de Estigarribia y el piloto
Carmelo Peralta.
Al dar con la aeronave siniestrada, Mansí
comprendía que no solo el avión había caído, con él caía el Partido Liberal y
el caudillo perdía el respaldo del poder político que durante décadas lo amparó
al punto de elevarlo a la consideración de todopoderoso. Antes de morir, el Presidente José Felix Estigarribia dejaba impreso en una
nueva carta magna, todo un decálogo totalitario que atentaba contra la prensa,
la libertad de las personas, disolviendo previamente el parlamento y otorgando
poderes excepcionales al jefe de estado.
Transcurrida una década de aquel acontecimiento,
un Mansí Gamarra ya casi en la
tercera edad seguía siendo el estatuto no solo de su club, sino también de parte de la zona de Pedrozo y Hugua Hû, a pesar de
que el Partido Colorado se estaba fortaleciendo políticamente y abría una cuña
en la que sus partidarios iban balanceando la correlación de fuerzas en aquella
zona.
El mito de ser portador de un kurundu que le otorgaban poderes
sobrenaturales despertó la codicia de apostadores de riñas, caudillos políticos
y de hasta militares vinculados a altas esferas del Palacio de López; todos
ambicionaban aquel objeto consagrado por extraños sortilegios, sin posibilidad
de réplicas pues su labrador, el médico indígena, ya había fallecido.
Mujeres, placer, longevidad, antibalas, era el
complemento perfecto para el ejercicio del poder que en ese entonces había
cambiado de bando y estaba en manos de los colorados.
Un ypacaraiense parlamentario colorado de ese
entonces lo quería para aumentar su poder, un anciano patriarca de la familia
colorada de Ypacaraí estaba interesado en él para prolongar su existencia, un
militar de alta graduación en planes de golpe de estado visitó en una ocasión
al parlamentario para sondear sobre la posibilidad de robar el escapulario.
El plan resultaba ambicioso, pero ¿quién le pone
el cascabel al gato?, algún suicida cansado de vivir?, como enfrentar a alguien
de quien se murmuraba en guaraní que por miedo a su presencia“Ysoindy jepe omboguepa hataindy osẽramo
pyharekue oguata”
Como antecedente debemos acotar que no sería la
primera vez que en Ypacaraí se planeara un crimen político por encargo, de
hecho, había transcurrido pocos años del secuestro, confinamiento y posterior
“desaparición” del periodista y escritor Emigdio Galeano, militante del PRF, al
que habían apresado en su domicilio situado en las cercanías del antiguo edificio de la Municipalidad que por entonces
funcionaba en el segundo piso del caserón colindante con la oficina de
impuestos internos.
Entonces, entre varios protagonistas locales y
nacionales, idearon un plan echando mano a un método tan infalible como
milenario: La traición.
El proceso llevó su tiempo, primero debían
buscar a alguien con rivalidades con Mansí (que abundaban), y porque la
traición es privilegio exclusivo de quien representa la máxima confianza, él o la elegida, o ambos, debía
ser alguien muy cercano/a a Gamarra.
Los interesados secretamente en asesinarlo eran
muchos, pero el miedo desalentaba tales pretensiones, había que establecer una
tentadora recompensa y, ante todo, despojarlo previamente de la protección
ejercida por su poderoso escapulario, pues sin este último requisito ningún
plan tendría éxito.
En el mayor de los sigilos buscaron varias
opciones, incluso se llegó a contactar con una de las criadas de quien se
enteraron estaba celosa por la preferencia del caudillo hacia una de sus
ahijadas.
Esta información, a pesar de parecer una
insignificancia, constituía en realidad una ventaja estratégica: En relación a la importancia de contar con
una aliada femenina Helio Vera escribió: “La
mujer paraguaya es más peligrosa que diez Jarará”, y en el arriesgado
propósito que se traían entre manos, una mujer despechada podría resultar muy
aprovechable.
Toda conspiración, que se precie de ser real no
deja evidencias, ninguna duda o sospecha y menos aún testigos que corroboren un
elaborado y premeditado plan. Y luego de ser ejecutado,
de ser necesario, sólo resta eliminar todo lo que pueda constituir “un cabo
suelto”. Pero lo primero consistía en esperar pacientemente el momento
propicio.
En una ocasión, allá por el año 1954, el
caudillo con aproximadamente 62 años, agotado luego de sus faenas diarias se
dispuso a descansar temprano, sentándose a
un costado de su lecho luego de guardar
cuidadosamente su escapulario bajo la almohada.
Como había bebido mucha agua, con los achaques
de la próstata muy propios de la edad, y de manera a evitar que las ganas de
orinar interrumpan su pretendido descanso, decidió ir al “servicio” a evacuar
fisiológicamente.
Durante el breve instante en que Mansí fue al
fondo y a la derecha del patio, se divisó una silueta que ingresaba casi
furtivamente a la habitación, desde donde la tenue luz del lampíun reflejaba
una sombra que rápidamente abandonó el aposento del dueño de casa.
Tal situación no llamó atención pues era
normal que las criadas o las esposas visitaran la habitación, tal vez lo raro
constituyó el hecho de que volviera a salir casi inmediatamente.
Ya en su cama, cuando dormitaba su primer sueño,
fue despertado por una de las esposas quien le anunció la visita de alguien
conocido y quien era portador de la reiterada invitación a una partida de
naipes, cita involuntariamente olvidada y al que se había comprometido con
anterioridad, pues, dicho sea de paso, era un juego de azar muy del agrado de
Gamarra.
La distancia entre la casa culata jovai y el almacén de Doña Casimira Gauto, lugar del
convite era corta, allí, el anfitrión de apellido Aguilar bebía generosamente
la espirituosa mientras preparaba el verde tapete sobre el cual se disputaría
la jugada,
Para evitar la demora que conllevaba ensillar de
nuevo su caballo, Mansí acudió solo y a pie a la invitación; ya a medio camino
como por instinto palpó el bolsillo de su amplia camisa azul, para comprobar
que había olvidado su escapulario. Por unos segundos dudó, ¿lo olvidó o
atontado por la somnolencia del brusco despertar obvio el hecho de no haberlo
encontrarlo al buscarlo bajo su almohada?
Pensó en regresar a casa, pero al mismo tiempo
también tuvo en cuenta que era de mala suerte hacerlo, al menos si iba a
participar de un juego de naipes, en el que se tiene en cuenta todas las
cábalas.
Sintió cierto alivio al presionar la culata de
su revólver en su cintura luego de acomodar el puñal sujetado por el ancho
cinturón, armas que llevaba encima para librarlo de todo mal y que le daba
cierta garantía de seguridad en ausencia de su olvidado kurundu.
El fino aroma a jazmín, perceptible en aquella
noche con cielo estrellado anunciaba la proximidad del lugar a donde iba,
momento en que divisó a un niño de 10 años llamado Albino Ti’í Diarte, sobrino
de doña Casimira, quien jugaba al costado de un enorme árbol de karóa.
Mansí Gamarra era abstemio, no así Aguilar quien
ya ruidoso por los tragos que llevaba encima invitó al caudillo a sentarse y de
inmediato barajó las cartas iniciando la partida, patrocinada por la desgracia
que se avecinaba.
Nadie podía hacer de mirón de Mansí, una ley no
escrita pero conocida por todos prescribía que ningún mortal estaba autorizado
a pararse a sus espaldas, y menos aún para contemplar las figuras de los naipes
que le tocaba de mano.
En vida, Don Albino relataba
frecuentemente un extraño fenómeno que divisó aquella noche desde las cercanías
de la mesa de juego, cuando le pareció ver a una figura antropomorfa oscura,
como una sombra erguida detrás de Mansí Gamarra, aquello le pareció raro, pero
rápidamente fue distraído por las fuertes carcajadas de su tío Aguilar, quien
acababa de ganar una mano.
Los tahúres estilan bromear y reír burlonamente
cuando resultan victoriosos en una partida, el hecho de haber bebido exacerbó
esa conducta en Aguilar, ante un contendor de pocas pulgas, mal genio y no
acostumbrado a que nadie se burle de él.
En represalia por la impertinencia del dueño de
casa, Mansí dijo que no iba a pagar la apuesta, unos tres o cinco guaraníes
(moneda que sustituyó al peso paraguayo desde 1944), y que, si Aguilar quería
seguir con el juego, tendría que ser él quien abonará la suma a Gamarra en
concepto de multa por maleducado y atrevido.
Según rememoraba Ti’í Diarte, único testigo de
aquella noche, una milésima de segundos antes de lo que sucedería a
continuación, la silueta oscura percibida volvió a aparecer extendiendo
dubitativamente sus brazos hacía el enorme hombre, con las muecas de un rostro
que reflejaba duda, como si aquella misteriosa sombra le temiera al mito
representado en Mansí.
Aguilar montado en cólera por la exigencia de
Gamarra, y conocedor de la fama de su contendor quien no se echaría para atrás,
sin previo aviso extrajo el revólver de su cintura y tras decir “Nda’ápe la nde cinco guaraní”, le
propinó un tiro que dio en el pecho de Mansí Gamarra.
El desenlace fue muy rápido, como si
constituyera una oportunidad pacientemente esperada, un plan premeditado, como
si el victimario supiera que el caudillo no traía consigo su poderoso protector
esotérico: El Kurundu.
En ese instante Gamarra recordó la advertencia
del médico indígena: Ne kurundûgui
neresárirõ, emanota.
Ni siquiera tuvo tiempo de echar
mano a sus armas, el plomo caliente perforó su pecho en el mismo lugar en donde
solía estar su escapulario y la negra sombra ingresó rápidamente sus dedos en
el orificio de la bala por donde extrajo el alma del caudillo, a quien se le
fue la vida en un mortal descuido y debido a la absurda discusión por unos
míseros cinco guaraníes.
Apretando con sus manos la herida, luego de
trastabillar unos metros chocó contra el tronco del árbol de karóa para luego
caer bajo la enramada de la planta de jazmín, envuelto y aprisionado por
aquella misteriosa sombra negra divisada por el niño, que resultó ser la
mismísima muerte, quien antes al desenlace hacía de mirón en juego mortal.
Se dice que en el preciso instante en que “El hombre” abandonaba este mundo, un rayo
cayó en seco en la punta del cerro; su ruido fue ensordecedor y de manera
expansiva las ondas recorrieron el valle, todas las velas y la lumbre de los
lampíun de los hogares se apagaron con un mismo soplo, y los urutaú desde los
árboles lanzaban su lastimero canto llorando la desgracia que acababa de
ocurrir.
Aguilar no daba crédito a lo sucedido, sabía que
debía actuar rápido, había asesinado no solamente a un hombre, había matado al
caudillo, a la autoridad indiscutible, al terror en persona, al mito a quien
las balas no perforaban; y por si eso no bastara, al padre de noventa y seis
hijos reconocidos y otros tantos no reconocidos, que junto a sus nietos
conformarían una jauría de trescientos descendientes que buscarían venganza
dándole caza.
Entonces montó a caballo y cabalgó en la
oscuridad con rumbo desconocido, al otro día la noticia llegó a todos los
rincones, quien no podía morir finalmente estaba
muerto, cientos de personas acudieron a su velorio, entre ellos el parlamentario, y los
emisarios del anciano caudillo colorado, integrado por joven quien luego sería
Juez de Paz y un médico de apellido Fernández, a quienes siguieron varios
curiosos, entre ellos un niño llamado Gerardo, que fue hasta el lugar
aprovechando la aglomeración de gente para vender el contenido de su canasta de
ka’í ladrillo.
En el velatorio que duró tres días todos parecían tener más interés en dar con el
desaparecido talismán que presentar sus respetos a la familia del difunto, recorrían incesantemente los rincones de la propiedad,
escudriñando el suelo con la mirada, y algunos incluso creían que si el
kurundu aparecía, el difunto se levantaría de entre los muertos.
Mansí Gamarra, el hombre que se transfiguro en
mito y que convirtió la figura política del caudillismo en el arquetipo
del modelo de liderazgo del siglo pasado, fue asesinado en el año 1954, sus
restos descansan en el cementerio de Pedrozo bajo un suelo lleno de malezas del
que parecieran tomar prudente distancia los propios panteones vecinos; unas
viejas piezas madera que alguna vez formaron parte de su cruz
indican el lugar exacto en donde sus restos se mezclan con la tierra; sitio donde
no existe lápida que rece el nombre del famoso caudillo que duerme ahí su sueño
eterno.
La enorme planta de yva po’ô y la casa culata jovái del km 44 permanecen en pie hasta
nuestros días, aunque las modificaciones hechas al antiguo rancho hicieron que
pierda el estilo y tal denominación “arquitectónica”.
La escuelita de adobe que construyó con algunos
vecinos hoy por hoy constituye la Escuela y Colegio Prof. Rosa Catalina Ventre,
formadora de generaciones de niños y jóvenes de la zona.
88 años después de su fundación, el ADN de Mansí
Gamarra sigue siendo “el estatuto” del Club 16 de agosto, en la actualidad bajo
la presidencia de su bisnieta Lorena Delgado Gamarra.
La imagen tallada de San Roque, antiguamente
propiedad de Maximiano Torres sigue siendo el Santo Patrono de la zona,
celebrando su festividad cada 16 de agosto.
Los actuales propietarios de la vivienda
donde ocurriera el asesinato refieren que en algunas noches se escuchaban
gritos y gemidos como ecos de alguna riña o pelea; y que Don Albino Diarte, al
referirse a los fenómenos sobrenaturales acostumbraba a decir: “No hagan caso, es Mansí Gamarra”, dando
a entender que setenta años después, en el lugar aún perdura aquella energía
que alguna vez fue componente del cuerpo y alma del caudillo.
Tanto el árbol de Karoa como la enramada de
jazmín permanecieron en pie más de cien años y fueron taladas recientemente en
ocasión de la ampliación de la ruta en ese tramo.
En el año 1954 los principales medios escritos
anunciaron en sus tapas la noticia de la violenta muerte del caudillo liberal.
Ese mismo día, el insistente sonido del timbre
del teléfono retumbaba en el principal despacho del palacio de gobierno; el
general levantó el tubo y desde el otro lado la femenina voz de su
interlocutora dijo: “Leíste el diario?,
mataron a aquel hombre que una vez nos humilló camino a Caacupé.”
“La
verdad no lo sabía Ligia”, dijo
el general ensayando un tono de sorpresa,
“pero los hombres violentos acaban mal porque Dios protege a los buenos, por
eso mi gobierno tiene un lema: Paz y Progreso” dijo, y cortó mientras
sonreía con malicia placentera al manipular un extraño objeto que sus ayudantes
le entregaron.
Nunca nadie asumió o reconoció haber encontrado
el escapulario, ni existe certeza si se fragmentaron y repartieron sus partes,
lo cierto y lo concreto es que todos los involucrados en la búsqueda se
quedaron con algo de su energía, a excepción del anciano caudillo quien
falleció tres años después.
Tanto el ex Juez de Paz como el Dr. Fernández
tuvieron longevidad y vivieron más de cien años, el niño Gerardo, apodado luego
Kelá, en un hecho increíblemente
verídico sobrevivió al arrollamiento de una
locomotora en la década de los ‘80, y el teniente de artillería
alguna vez humillado por Gamarra llegó al grado de General de Ejército, fue
presidente y se mantuvo treinta y cinco (35) años en el poder, periodo de
tiempo que ningún gobernante logró en toda la historia política del país.
Se menciona que en la actualidad el kurundu es propiedad de una mujer, y
solo el tiempo y los acontecimientos confirmarán si eso es verdad, o tal vez
simple leyenda urbana
De manera jocosa, algunos bromistas comentan que
posiblemente el kurundu está en manos
de los políticos ypacaraienses, quienes a pesar de las críticas, denuncias y
acusaciones que reciben: “Ndoikéi
hesekuéra bala”
La legendaria figura de Mansí Gamarra sigue
cabalgando en las páginas no escritas de nuestra historia, de las épocas
cubiertas por el manto del silencio, como si se pretendiera inducir al olvido y
el desconocimiento aquellos días de convulsiones políticas, de guerras, de odio
y de violencia que marcaron a sangre y fuego el mapa genético y el tejido
social paraguayo.
"Quienes
no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo"; tal vez esta lapidaria sentencia de Nicolás
Ruiz de Santayana sea la explicación del vértigo que sufre la sociedad
paraguaya, siempre enmarañado en el círculo vicioso del mbarete, la corrupción, la impunidad y la indiferencia colectiva.
Agradecimientos a:
Prof. Gladys Gamarra de Delgado
Osvaldo “Yiyo” Battilana
Arq.
Sahorí Ayala
Tito Chamorro
Dr. Oscar Bogado
Dr. Pablo Diaz Bécker
Prof. Ada Canatta
Felicita Patiño
Concepción Gamarra
Nelson Gamarra

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